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El cuarto hombre


El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro de su imagen e invitó a sus capitanes, autoridades y gentes importantes de la sociedad de Babilonia a participar en la develización de su imagen de oro, símbolo de su poder y grandeza.

Al mismo tiempo decretó que todos debían postrarse y adorar su imagen cuando empezara el ceremonial con la música tradicional. Aquellos que no cumplieran su orden serían echados en un horno de fuego.

El temido decreto fue acatado en su totalidad, excepto por tres jóvenes judíos.

Fueron con el chisme al rey y éste ordenó  llamar a su presencia a los jóvenes infractores.

Cuando los cuestionó, la respuesta fue: Nuestro Dios puede librarnos del horno de fuego ardiente, y si no lo hace, morirermos, pero no adoraremos la estatua que has levantado.

Nabucodonosor, enfurecido, ordenó que calentasen el horno siete veces más de lo acostumbrado y tiraran a los jovenes.

El horno estaba tan caliente, que los hombres que tiraron a los tres jóvenes, murieron con las llamas de fuego que salía del horno.

Al rato, el rey dice: fueron tres los que echaron en el horno ardiendo y yo veo un cuarto hombre que se pasea junto con los tres varones y su aspecto es como un hijo de los dioses.

Los jóvenes salieron completamente ilesos.

Después que salieron de su prueba de fuego, el rey los engrandeció y emitió un decreto que castigaba a todo aquel que blasfemara contra estos varones que servían a un Dios Todopoderoso.

El nombre de estos tres varones de fe eran Sadrac, Mesac y Abed-nego, nombres que les puso el jefe de los eunucos cuando ellos llegaron a Babilonia. Sus verdaderos nombres eran: Ananías, Misael y Azarías.

El cuarto hombre era el ángel de Dios, el ángel que liberta, como decía el patriarca Jacob.



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