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Maritza “la cuero”



El título no es para alarmarse, ni causar el “rubor moral” de hipócritas moralistas de pacotilla.

Pudiera haberse titulado “Maritza, la prostituta”, o más estilizado: “Maritza, la meretriz”, pero la realidad es que en su barrio, desde su niñez, le llamaron: “Maritza la cuero”.

Y esta es una de las historias que suceden a diario en este país.

Le llamaban Maritza la Cuero , por sus incesantes actividades promiscuas y favores sexuales a cambio de dinero.

Maritza fue violada por un tío suyo a los once años de edad. Ese día que marcó su vida, su tío le regaló cinco mil pesos para que no hablara y la consabida amenaza de matar a su madre si lo denunciaba.

Maritza vivía humildemente con su madre soltera, su padre había abandonado el hogar cuando ella tenía dos años de existencia.

Emiliano, tío de Maritza, la visitaba cada quince días para mantener sus relaciones incestuosas y darle el dinero de sus caricias vendidas, y le instruía de que cada favor sexual se tenía que pagar, que el placer se compraba con dinero.

Pronto, la niña violada, se convirtió en una juvenil vendedora de caricias.

Maritza, era la prostituta favorita de adolescentes y adultos en el barrio.  Decían que Maritza era un buen “polvo”.

Su vida licenciosa, producto de la incestuosa violacion que aniquiló su inocencia, la convirtieron en una mujer amargada que buscaba consuelo en el alcohol y las drogas.

Para ella, el sexo no era placer, era su “modus vivendis”. El sexo, para su alma atribulada, era asqueroso y vergonzante. No sentía nada, no experimentaba placer alguno, solo tristeza en cada encuentro, en cada entrega vendida.

El alcohol y las drogas, poco a poco, fueron deteriorando su cuerpo y marchitando su existencia y los clientes ya no procuraban sus favores.

Degradada por el vicio, cayó en los abismos oscuros del alma en pena, y lentamente se fue consumiendo.

Sin hogar y sin dinero, dormía en el parque del barrio, entre drogadictos y delincuentes. Su precariedad económica la hizo consumir “pitrinche” para satisfacer las ansias de su alcoholismo.

Otro mote se añadió a su nombre: Maritza la “pitrinchera.

Y a pesar de su amargada y depauperada vida, la gente del barrio le tenía cariño y consideración.

En el colmado de la esquina donde ella era asidua visitante, cuando llegaba un cliente de poca monta buscando favores sexuales, recomendaban  con sarcasmo a Maritza la cuero, y le decían: “Maritza te  vende placer por solo cincuenta pesos”.

Era domingo, amaneció lloviendo, los pitrincheros se refugiaron en la glorieta del parque, excepto Maritza la cuero, que quedó letalmente dormida, producto de un “jumo” de pitrinche mezclado con  un pase de cocaina.

Se murió Maritza la cuero, fue el rumor mañanero de aquel día triste en que esta pobre mujer entregó su último aliento.

Esta historia es tristemente real.







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