A través de los milenios, Ofidia, la esposa de Mefistófeles, ha permanecido en el más absoluto secreto. La humanidad jamás ha sospechado el papel que esta sibilante mujer desempeña en las maquinaciones del Príncipe de las Tinieblas.
Ofidia descendió a la Tierra durante la gran rebelión de los seres celestiales. Desde entonces, su nombre quedó ligado para siempre a las serpientes y al poder de las tinieblas. La llamaron la Reina de las Serpientes, y hasta sus propios súbditos le temían. A su alrededor reunió a sus más leales servidoras: mujeres dotadas de poderes tenebrosos, capaces de invocar fuerzas que los hombres apenas se atrevían a nombrar.
Desde que unió su destino al de Mefistófeles, su poder se volvió inconmensurable.
Ofidia lo utiliza para tejer alianzas con mujeres que deciden seguirla. Algunas lo hacen sin comprender realmente a quién sirven; otras conocen perfectamente su papel y la siguen con absoluta devoción.
Ofidia es su verdadero nombre ancestral, pero a través de los siglos ha adoptado diferentes identidades. Ha cambiado de rostro, de nombre, de vestimenta y de costumbres para atravesar las distintas civilizaciones sin dejar huellas en los anales de la historia.
Su naturaleza camaleónica le permite convertirse en la mujer que cada época necesita. Puede aparecer como una dama de belleza deslumbrante, una cortesana, una reina o una mujer aparentemente indefensa. Conoce las debilidades humanas y sabe exactamente dónde tocar para despertar la ambición, la lujuria o la codicia.
Mefistófeles celebra cada una de sus victorias. Para él, lo que otros llamarían infidelidad pertenece simplemente al orden natural de su reino de sombras.
Una noche, en un palacio de la Europa renacentista, Ofidia apareció vestida de seda roja.
El gran duque, un hombre cuya piedad era motivo de orgullo para la Iglesia, quedó paralizado al verla.
Ella no tuvo que decir mucho.
Bastó una mirada.
Desesperado por poseer aquella belleza, el gobernante aceptó el precio del pacto: entregar la sangre de su propio linaje.
Cegado por la obsesión, firmó aquella misma madrugada la sentencia que condenaría a sus propios hijos.
Su caída fue total, fulminante y silenciosa.
Cuando Ofidia regresó al corazón del averno, Mefistófeles la esperaba en su trono.
—Has destruido un linaje santo en una sola noche, mi reina —dijo, con una admiración que apenas ocultaba su orgullo—. A veces temo que los humanos terminen olvidando mi nombre para temerte solo a ti.
Ofidia sonrió.
—Deja que duden de tu existencia, esposo mío. Mientras más se cuiden de tu sombra, más fácil les será caminar directamente hacia mis brazos.
Y Mefistófeles comprendió que aquella mujer era mucho más peligrosa de lo que incluso él había imaginado.
Mientras tanto, en la superficie, la obra de la pareja daba sus frutos.
A la orilla de un río iluminado por la luna, dos amantes habían abandonado toda prudencia y se entregaban a sus pasiones.
En otro lugar, una joven llamada Marta, una de las brujas más fieles de Ofidia, realizaba un oscuro ritual en medio de un bosque neblinoso.
Cuando terminó, levantó los ojos hacia el cielo y sintió un calor intenso en el pecho. No necesitó escuchar ninguna voz. Supuso que su reina estaba complacida.
Así, mientras la humanidad continúa temiendo la figura visible de Satán, la verdadera artífice de muchas de sus tentaciones permanece oculta entre las sombras.
Puede aparecer bajo el perfume de una mujer hermosa, detrás de una sonrisa inocente o en el silencio de una noche cualquiera.
Mefistófeles reina sobre las almas caídas, pero Ofidia conoce el camino para hacerlas caer.
Porque detrás de cada gran tentación que destruye a un hombre, está el diablo…
y también su mujer.
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